De la televisión de ayer a la televisión de hoy: Un radical cambio de paradigmas


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Columna escrita por: Mauricio Bravo Cerón

Comunicador Social-Periodista. Universidad del Quindío. Como aspirante a escritor cree en eso que llama inspiración, pues le llega cada momento de su entorno, según dice de una frase dentro de un libro, de una conversación en la calle, de un parlamento dentro de una novela o de una noticia; en momentos como estos su fiel escudero es un celular en el cual, a manera de recordatorio, acumula frases o palabras que posteriormente trabaja, a veces en un cuaderno o a veces en un computador. Sin embargo esa inspiración debe ir acompañada de dosis de trabajo y disciplina.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española RAE, en una definición muy corta algo cruda y fría para mi gusto, madre es  una “mujer o animal hembra que ha parido un ser de su misma especie”. Sin embargo, a lo largo de la vida hermanas mayores, tías, niñeras, etc. van adquiriendo por momentos ese rol importante en cualquier vida. Rol que para muchos, del mismo modo, la televisión suele adquirir.

Corrían los tiempos cuando esos viejos y pesados televisores de perilla que ya cayeron en desuso eran la novedad y reunían familias enteras, acompañadas a veces de sus vecinos para ver los primeros programas en blanco y negro. Durante la infancia, una infancia promedio, pasamos cualquier cantidad de horas frente a esa luminosa pantalla que a la vez que nos entretiene y de cierta forma nos educa, genera ciertos hábitos y ciertas posiciones frente a la vida.

En conjunto con los recordados cuentos de hadas, la televisión y para ser más exactos esas telenovelas, series o dramatizados que solíamos reunirnos (hablo de mi generación y las nacidas entre finales de los setenta y principios de los ochentas o incluso un poco antes) a mirar en familia han metido en nuestras cabezas ese extraño y dañino chip de que toda historia de amor tiene siempre un final feliz.

De ahí lo paradójico y patético que es ese momento cuando hemos crecido, somos ya todos unos adolescentes y conocemos a nuestro primer amor. Metidos en el cuento, nos creemos eso de que va a ser el único y el último, “el amor de la vida”, que con ella o él vamos a tener hijos y llegar juntos a viejitos; sin embargo, un día cualquiera, así como comenzó esta historia de amor, así de repente termina. Y queremos hasta cortarnos las venas.

En un instante, un abrir y cerrar de ojos y una decepción nos llevan con todos los gastos pagos y en un viaje sin retorno y sin escalas desde el mundo de la fantasía al de la vida real: Ese que sucede detrás de las cámaras, después de ese grito de “corte” del director que nadie frente a la tele logra escuchar o, más claro, después de ese nocivo “y vivieron felices para siempre”, que todo niño alguna vez escuchó de quien le contaba cuentos antes de dormir.

Es hasta ahí, en el puntual y enredado caso de las historias de amor, hasta donde llega la incompleta influencia de la televisión como formadora dentro de nuestras vidas. Ni modo de recurrir a ella, la que nos llenó la cabeza y el corazón como lo expresa el imaginario popular “de cucarachas”, en busca del necesario consuelo post-tusa. Puede ser que pase algo si lo intentamos, pero quizás también resultaría absurdo y hasta contraproducente.

Crecimos también con esa idea errónea de que la televisión y sus contenidos dependen de nosotros sus usuarios, sus televidentes. Esto quizás habrá podido ser una realidad, si es que lo fue alguna vez, en los inicios de este revolucionario invento, cuando las transmisiones se hacían en blanco y negro o en los inicios de la imagen a color. Hasta cuando se mandó a recoger eso de que “el cliente siempre tiene la razón”.

En la actualidad, resulta una ingenuidad pensar que así es.

Hoy en día de lo único de que dependen los canales de televisión y sus parrillas de programación es de ese anglicismo conocido como “rating”, tan mencionado de un tiempo a la fecha, cuya razón de ser es la medición que expresa el porcentaje de personas que en un determinado momento están escuchando (radio) o viendo un programa. Medida en la que a su vez se basan los anunciantes para pagar más o menos por su respectiva publicidad.

Sin embargo un día cualquiera, aparentemente superada la tusa del primer amor, llegas a casa cansado del estudio o del trabajo. Ves a Julio, tu hermano menor, y a tu madre, concentrados en esa caja mágica llamada televisión: “¿Qué miran?”, preguntas; “La despedida”, responde Julito, “es la nueva historia de Telepatía”; “La historia de amor de Renata y Roberto”, complementa tu madre, “cuyo amor es rechazado por sus dos familias”.

“Uy, suena interesante”, les dices frotando tus manos de emoción. Descargas tu maleta en ese mueble que por viejo e inseguro está ya condenado, como el viejo televisor de perilla, al desuso; pides la bendición y le das un beso a tu madre en la mejilla, un abrazo al pequeño Julio, con 8 años, un futuro tú. Te sientas entre los dos y el ciclo, aunque parezca increíble, aunque seas un poco menos inocente frente a lo que te ofrece la televisión, vuelve a comenzar.

(En las actuales condiciones del mercado televisivo, les espera la inevitable noticia de que si “La despedida” no da la talla en rating, aunque a ustedes los haya impactado, la corten de una a media hora, la cambien de horario, la manden al sótano de la programación y se queden sin saber qué pasará con la historia de sus queridos Renata y Roberto, si sus padres aceptarán o no finalmente que es inevitable su amor. Como solía ocurrir en otros tiempos: Hasta en ese sentido ha cambiado la televisión.

Entonces nos da rabia.

 Y habiendo muchas cosas importantes en qué pensar, de qué quejarse o sobre qué escribir en la vida cotidiana y aun sintiéndonos los idiotas útiles dentro de este negocio en que se ha convertido lo que antes llamábamos simplemente televisión, como si de algo sirviera para que cambiara la realidad, nos molestamos, nos irritamos, nos enojamos y, de paso, la potencial úlcera que llevamos dentro, con el perdón de la redundancia, da un pequeño paso en contra nuestra).

Así somos.

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