Si aquí llueve, en el país no escampa

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Columnista: Carlos Enrique Rincón T.

Docente y Periodista. Director de radio.
Tecnólogo educativo y comunicaciones de la Universidad del Quindío.
Comunicador Social y Periodista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano
Técnico en producción de Cine, Radio y Televisión del colegio de Comunicaciones de Medellín
Locutor: Licenciado – Mincomunicaciones. Libretista profesional.


En las últimas horas, ante la preocupación que en Medellín dicen tener varios sectores, no solo con su alcalde sino con el gobernador y con el desorden nacional, uno de los personajes más visibles de la comunidad antioqueña, por su presencia reiterada en todos los medios de comunicación, el abogado Gilberto Tobón, ha anunciado la creación de una veeduría denominada MANOS LIMPIAS, cuyo fin será, dice él, atacar la corrupción y acabar con los carteles de la mafia política.

Simultáneamente en el Quindío, ante los hallazgos de los organismos de control, la suspensión en el cargo de los alcaldes de Calarcá, Armenia y otros desmadres administrativos que se vienen dando, también se han fusionado dos veedurías para hacer una tarea similar a la del controvertido Gilberto Tobón.

En el caso de Armenia hay que decir que ha dejado de ser la ciudad milagro para convertirse en   la capital de la corrupción. El desfile de alcaldes castigados habla por sí solo del triste espectáculo en que se convirtió la ciudad líder del paisaje cultural cafetero. Ahora somos la negación del sueño de los fundadores.

Para todos se volvió costumbre ver concejales, diputados, alcaldes y gobernadores salir con el saco lleno para los tribunales, sonrientes y afirmando que están tranquilos, firmes, que la verdad brillará, cosa que no sucede porque al final terminan encanados, sub iudices o prófugos como en el caso de un alcalde y una gobernadora.

Aquí, como en un alto índice de casos en el país, la casa por cárcel y los servicios bien pagados al cartel de la toga también han resultado de gran provecho para la impunidad.

Observando el caso del Quindío, que es, de todos modos, un fenómeno, termina uno por aceptar que este, como todo el país, están diseñados para robar. Rabia e impotencia sentimos los que aun no hemos bajado la guardia o acomodado la razón ante semejante debacle. La nuestra es una desgracia que solo tiene parangón con la pandemia que a todos aterroriza y azota. Y lo peor es que no sabemos es hasta cuándo.


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