Parte 12: El Sueño de la Unión. Historia de Colombia y sus oligarquías (1498 – 2017)

Viene de parte 11: La Guerra Grande

El sueño de la unión

Durante los años de estancia de Bolívar en el Perú gobernó Colombia el vicepresidente Santander, con grandes dificultades. La más grave era la quiebra de la república, pese a un segundo y vasto empréstito inglés que se diluyó en gastos de funcionamiento del gobierno y sobre todo en el mantenimiento del ejército. Un gran ejército de treinta mil hombres [cifra oscilante al ritmo de las deserciones y las levas forzosas] para una Colombia que, sumadas sus tres partes, tenía poco más de dos millones de habitantes. El ejército era por una parte un lastre fiscal, pero por otra constituía la única vía de promoción social y la única fuerza de cohesión de un país de tan diversas regiones, de tan malos caminos y tan grande extensión territorial. Desde sus campañas del sur Bolívar reclamaba sin cesar más tropas, más armas, más dinero. Y Santander respondía: “Deme usted una ley, y yo hago diabluras. Pero sin una ley…”. La discusión, a través de correos que se demoraban semanas en ir y volver, llevaba a callejones sin salida: más que un diálogo era un intercambio de principios. Bolívar seguía actuando como en su juventud de niño rico y manirroto, mientras que Santander era tacaño tanto en lo personal como en lo público. Escribía el Libertador:

“Estos señores [los que gobernaban en Bogotá] piensan que la voluntad del pueblo es la opinión de ellos, sin saber que en Colombia el pueblo está en el ejército”. Pero entendía por ejército no a la tropa reclutada a la fuerza, tal como lo era también la realista (él mismo había expedido un decreto tras la batalla del Pantano de Vargas reclutando a todos los varones entre 15 y 40 años bajo pena de fusilamiento; o más bien, dada la necesidad de ahorrar munición, de amachetamiento), sino a su oficialidad, compuesta fundamentalmente de venezolanos e ingleses: el partido militar. Que muy pronto se enfrentaría al partido civil (de los criollos blancos, no de las castas pardas) mayoritariamente neogranadino. Porque tampoco la “voluntad del pueblo” era exactamente la de Bolívar, a quien su permanente obsesión unificadora no le había permitido ponerse a averiguar si los distintos pueblos de Colombia la compartían. “He sido partidario de la unión desde mis primeras armas”, escribía; y lo sería, en efecto, hasta su última proclama: “Si mi muerte contribuye a que se consolide la unión…”.

Una unión que soñaba más amplia todavía. Liberado el Perú, Bolívar conservaba su vieja ambición de una más vasta federación americana. Una que reuniera, para empezar, a Colombia con el Perú y su recién separada Bolivia, y que se organizara luego en una federación de todas las antiguas colonias españolas, desde la raya de México hasta la Patagonia. Así que tuvo la idea de convocar un gran Congreso Anfictiónico (su pasión retórica: en recuerdo de la Liga Anfictiónica de las antiguas ciudades griegas), reunido no ya en el istmo de Corinto sino en el de Panamá. Sólo acudieron a la cita Colombia, el Perú, México y la República Federal de Centroamérica. Adelantándose a la opinión contraria de Bolívar, Santander invitó también a un delegado de los Estados unidos, que habían proclamado el año anterior la doctrina Monroe: América para los americanos. Cuando Bólivar estaba convencido de que la América española requería la protección de una potencia europea: su admirada Gran Bretaña. Así que de la reunión de Panamá no salió nada.

Porque otra cosa pensaban los caudillos regionales y sus pueblos respectivos, y sus respectivas oligarquías conservadoras, fortalecidas y enriquecidas con los bienes incautados a los españoles y a los realistas: querían lo contrario de la unión. Dificultada además por la imposición de una administración centralista dirigida desde Bogotá, en la punta de un cerro, sobre un país tan grande y de tan acentuada diversidad regional —climática, racial— no sólo entre los tres departamentos artificiosamente cosidos entre sí —Venezuela, Cundinamarca y
Quito— sino en el interior de cada uno. Colombia sólo se mantenía unida por la voluntad de Bolívar, y por su prestigio. Aunque él mismo había escrito (pues muchas veces su pensamiento y su voluntad se llevaban la contraria: pero solía imponerse su voluntad) que los señores de Bogotá no se daban cuenta de la heterogeneidad de los pueblos que pretendían gobernar:

“Piensan estos caballeros que Colombia está cubierta de lanudos arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona. No han echado sus miradas sobre los caribes del Orinoco, sobre los pastores del Apure, sobre los marineros de Maracaibo, sobre los bogas del Magdalena, sobre los bandidos del Patía, sobre los indómitos pastusos, sobre los guajibos de Casanare y sobre todas las hordas salvajes de África y América que, como gamos, recorren las soledades de Colombia”.

El caso es que Colombia empieza a resquebrajarse por el lado de Venezuela, donde José Antonio Páez se resiste a obedecer las órdenes que dicta Santander, y éste lo destituye como comandante general de Venezuela. Páez se rebela, y se desata el movimiento separatista que a falta de un nombre justificativo se llamó La Cosiata, apoyado por la oligarquía local: los terratenientes y los caudillos militares (que se estaban convirtiendo ya en terratenientes) y no querían ser gobernados desde la remota Bogotá (casi tan lejana como lo había sido Madrid antes de la independencia). Tiene que venir Bolívar desde Lima a poner orden. En enero de 1827 se entrevista con Paéz y lo perdona, nombrándolo jefe civil y militar de Venezuela y repartiendo entre sus segundos puestos y ascensos militares: la alternativa era la guerra civil —complicada por el hecho de que casi todos los comandantes de tropas en el territorio de Colombia eran
venezolanos—. Vuelve a Bogotá, donde destituye a Santander de su vicepresidencia y propone la reforma de la Constitución. Para eso se reúne la Convención de Ocaña, donde chocan santanderistas (mayoritarios, según Bolívar gracias al fraude electoral: ya desde entonces…) y bolivarianos, y éstos se retiran: los bolivarianos dispersos, (Bolívar no asiste a la Convención, sino que la vigila desde Bucaramanga, a varios días de camino), los santanderistas unidos en un solo bloque en torno a su jefe: desayunaban y comían juntos, y por primera vez empezaron a llamarse “liberales”. Ante el rechazo de su propuesta de Constitución cuasimonárquica, Bolívar asume la dictadura el 27 de agosto.

 

El enfrentamiento

En los años de Lima su pensamiento político había seguido evolucionando cada vez más hacia el autoritarismo —rodeado como estaba de aduladores, de la admiración de sus generales, de la aclamación de las muchedumbres y del amor de Manuela Sáenz—. Y así lo plasmó en su proyecto de Constitución boliviana. Desconfiaba cada vez más de la volubilidad de los pueblos —“como los niños, que tiran aquello por lo que han llorado”—, y de los americanos en particular: “hasta imaginar que no somos capaces de mantener repúblicas, digo más, ni gobiernos constitucionales. La historia lo dirá”. Le escribía a Sucre, su favorito, su presunto heredero: “Nosotros somos el compuesto de esos tigres cazadores que vinieron a América a derramarle la sangre y a encastar con las víctimas antes de sacrificarlas, para mezclarse después con los frutos de esos esclavos arrancados del África. Con tales mezclas físicas, con tales elementos morales ¿cómo se pueden fundar leyes sobre los héroes y principios sobre los hombres?”.

Propone pues su Constitución boliviana para Colombia, ante el rechazo de los liberales reunidos en torno a Santander. El cual resume en una frase su oposición al Libertador: “No he luchado catorce años contra Fernando VII para tener ahora un rey que se llame Simón”.

O de cualquier otra manera: si no un Bolívar, un Borbón, o un Habsburgo (un Austria), o algún Hannover inglés. La idea de traer un príncipe europeo a que reinara en América no era exclusiva de Bolívar, aunque éste, tras meditarla, había terminado por rechazarla. San Martín había tenido la misma iniciativa para Buenos Aires, y Páez en Venezuela, y Flores en el Ecuador, y los mexicanos acabarían trayendo a un austriaco con título de emperador y respaldo de un ejército francés. Sólo rechazaban esa tentación los generales neogranadinos —Santander, Córdoba, Obando, José Hilario López—, y los abogados del colegio de San Bartolomé, cuya juventud había sido envenenada, diría Bolívar, por las ideas del utilitarismo liberal. Santander había impuesto los libros del filósofo utilitarista Jeremy Bentham como textos de estudio en la universidad. Bolívar los proscribió cuando reasumió el mando.

Porque el enfrentamiento entre Bolívar y Santander no venía simplemente de un choque de caracteres: el generoso y romántico del caraqueño y el práctico y mezquino del cucuteño (visibles ambos en sus respectivos testamentos); sino de una discrepancia de ideas: el cesarismo de Bolívar frente al republicanismo de Santander. La espada de Bolívar (contenida sólo por la conciencia de su propia gloria: no quería ser un Napoleón, sino solamente un Bonaparte), frente a la ley de Santander, a quien el Libertador mismo había dicho: “Usted es el hombre de las leyes”. La famosa frase de Santander, tan sujeta a burlas como a elogios y tan burlada en la realidad histórica, iba en serio: “Las armas os dieron la independencia, las leyes os darán la libertad”. Dos personalidades: el militar y el abogado. Si en otras de las naciones hijas de Bolívar y su espada se impuso el militar
—Venezuela, Bolivia, Ecuador, Perú— en Colombia, por cuenta de Santander, se impuso —para bien y para mal— el abogado. O peor: el leguleyo, ya presente en nuestra historia desde los tiempos del conquistador y licenciado en leyes Jiménez de Quesada.

Mientras Bolívar reinaba en Lima, en Bogotá Santander había gobernado durante cinco años, y con gran efectividad dadas las circunstancias y las estrecheces económicas del Estado: era un gran organizador —el propio Libertador, diez años antes, lo había llamado “el organizador de la victoria”—, y fijó en esos años de poder lo mejor de lo que iba a ser este país, y también lo peor (más lo que venía de atrás). En esos años empezaron a dibujarse los dos partidos que durante el siglo siguiente iban a dividir a Colombia: los amigos de Bolívar y los amigos de Santander. El enfrentamiento entre los dos iba a ser frontal y terrible. Pero en la lucidez final de su desengaño, camino del exilio, del destierro, expulsado de Bogotá, proscrito de Venezuela, le escribiría Bolívar al general Rafael Urdaneta, uno de sus últimos leales: “El no habernos arreglado con Santander nos ha perjudicado a todos”.

Bolívar estaba ahora en Bogotá tan en condición de dictador en país extranjero protegido por su guardia pretoriana de militares venezolanos como lo había estado antes en Lima protegido por sus regimientos de tropas colombianas. El odio lo rodeaba. Y estalló en la conspiración tramada por los amigos de Santander que culminó en la tentativa de darle muerte la noche del 25 de septiembre de 1828, llamada desde entonces, prosopopéyicamente, “la nefanda noche septembrina”.

Un grupo de asesinos, entre ellos el futuro fundador del partido conservador colombiano y futuro presidente de la república Mariano Ospina Rodríguez y el futuro inspirador del partido liberal Florentino González (pues tanto en los amores que despertó como en los odios el abanico de Bolívar cubría todo el círculo del sextante), un grupo de asesinos, digo, entró matando a los guardias al palacio de San Carlos, buscando al Libertador. Bolívar escapó por una ventana mientras su amante, la combativa Manuela Sáenz, sable en mano, distraía a los asaltantes; y pasó la noche refugiado bajo un puente del vecino río San Agustín. En medio del alboroto, el general Rafael Urdaneta acabó tomando la situación en mano, y los militares bolivarianos empezaron sus rondas de detenciones y arrestos. Bolívar volvió a palacio. Ley marcial, autoridad militar, supresión de garantías: dictadura. Juicios sumarios. Fusilamientos. Santander, indudable cabeza de la conspiración, aunque no había pruebas en su contra, fue condenado a muerte. Bolívar intervino para conmutar la sentencia por la de destierro, y viajó a Europa. Su admirado Jeremy Bentham escribiría más tarde, tras darle audiencia en Londres, que al menos “la crueldad de Bolívar” no lo había despojado de sus bienes. Porque hay que anotar que a esas alturas todos los generales de la Independencia eran hombres ricos, o muy ricos. Tal vez sólo Simón Bolívar, que cuando empezó el baile había sido inmensamente rico, se había arruinado en el camino.

No quedaron ahí las cosas. Estalló en el Cauca una sublevación encabezada por los generales José María Obando y José Hilario López, estimulada por el ministro plenipotenciario de los Estados Unidos William Henry Harrison (quien años más tarde sería elegido presidente de su país, y moriría a las tres semanas), y seguida por el levantamiento en Antioquia del general José María Córdoba. Fue a raíz de la intromisión de Harrison cuando Bolívar, que había marchado con tropas hacia el sur para sofocar con Sucre la invasión de Colombia emprendida por el Perú para ocupar Guayaquil, escribió su famosa carta al cónsul británico, diciendo que “los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar de miserias a la América en nombre de la libertad”. Y Harrison fue expulsado del país en medio de protestas diplomáticas.

En 1830 se convoca el Congreso Admirable para dictar, una vez más, una Constitución para Colombia. Bolívar vuelve a renunciar, tanto a la dictadura como a la presidencia, alegando el habitual argumento de su gloria: “Libradme del baldón que me espera si continúo ocupando un destino que nunca podrá alejar de sí el vituperio de la ambición. […] La República sucumbiría si os obstináseis en que yo la mandara. Oíd mis súplicas: salvad la República. Salvad mi gloria, que es de Colombia”. Y tras pintarle al Congreso la tarea ingente que le espera, termina con una nota de profundo pesimismo:

“Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido, a costa de todos los demás”.

 

El Fin

El Congreso elige presidente a Joaquín Mosquera. Bolívar, enfermo, sale hacia la costa para embarcarse rumbo a Europa. Al débil Mosquera y a su gobierno de santanderistas le da un golpe militar el general Urdaneta. Asesinan a Sucre en Berruecos, sin que se sepa quién: ¿Obando? ¿López? Futuros presidentes de Colombia. ¿Flores, futuro presidente del Ecuador? A ese mismo Juan José Flores le escribe Bolívar desde Barranquilla: “Venguemos a Sucre y vénguese V. de esos que…”.

Pero ahí, en la carta que tal vez denunciaba a los que Bolívar creía asesinos de Sucre, viene una nota de la transcripción: resulta que en el original “hay una gran mancha, al parecer de tinta” que “impide leer la continuación por espacio de treinta o treinta y cinco letras”. Una de esas grandes manchas negras de tinta que salpican y borran de tiempo en tiempo, en momentos precisos, episodios de la triste historia de Colombia. Y prosigue la carta: “vénguese en fin a Colombia que poseía a Sucre”.

Y le dice a Flores: “La única cosa que se puede hacer en América es emigrar”.

Pero ya ni eso pudo hacer Bolívar. Estaba demasiado enfermo. Sólo alcanzó a llegar a Santa Marta, donde pensaba embarcarse para Jamaica e Inglaterra, para morir el 17 de diciembre de 1830 a los cuarenta y siete años de edad, en una finca prestada por un rico español. Dos médicos, un francés y el cirujano de un buque norteamericano, certificaron su muerte de tuberculosis con los pulmones destruidos. Cuando se conoció la noticia hubo grandes regocijos en Caracas, en Bogotá, en Quito, en Lima.

Unos días antes había dictado su última proclama, que concluía diciendo: “Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

Ni cesaron los partidos, ni se consolidó la unión. Por el contrario. Se disolvió Colombia (la grande), y la parte que aquí quedó, la República de la Nueva Granada, se partió en dos: bolivarianos (provisionalmente) derrotados y santanderistas (provisionalmente) triunfantes. Se enfrentarían, se mezclarían, se aliarían, se matarían entre sí, se reconciliarían una y otra vez. No los separaban las ideas, sino las personas: Santander y Bolívar. O, más exactamente: los separaban de los unos las personas, y de los otros las ideas, como diría ochenta años más tarde Miguel Antonio Caro.

 

 

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