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El cristo de espaldas, 60 años después



Juan Sebastián Padilla Suárez. Ex Consejero Municipal de Juventudes de Armenia y miembro del Centro de Estudios del Trabajo, Cedetrabajo.

La lectura de ‘El cristo de espaldas’ (1952), de Eduardo Caballero Calderón, desde la perspectiva de éste siglo, nos hace pensar que hemos superado notablemente el pasado de violencia, atraso y miseria material. Sin embargo, al mismo tiempo, nos sume en la frustrante sensación de estar estancados en problemas eternos, como la polarización.

La historia de la novela transcurre en un pueblo frío, ubicado en algún páramo de la región cundiboyacense, dónde junto al siglo XX convivía el XIII, no había electricidad ni sistema de acueducto, el medio de transporte era la mula y no existían aún las carreteras. Al burgo llega un cura citadino buscando libertar su corazón del amor a las cosas materiales y el camino a la perfección espiritual. No obstante, encuentra un pueblo de pobres que no se concebían los unos a los otros como personas con derechos por culpa de la división liberal-conservadora, donde la violencia era la única forma de tramitar las diferencias y, además, se odiaban entre iguales por hacer suyas las disputas políticas de los gamonales.

Don Roque Piraguas y Don Pio Quinto Flechas, ‘godo y cachiporro’ respectivamente, eran los caciques del pueblo, el segundo en el exilio porque le correspondía el poder al primero. Ambos habían sacado provecho de su jefatura y acomodaban a dedo el juez, notario, alcalde y concejales; utilizando el aparato burocrático del terruño hacían negocios con el tesoro municipal y amasaban fortuna a costa de las necesidades imperiosas de sus gentes; no les hacía falta material civil o criminal para enjuiciar a los vencidos, meterlos a la cárcel y quitarles la tierra. Los periódicos mentían por omisión, exageración o tergiversación, e infundían miedo en la población hasta conseguir la muerte entre paisanos.

Más de 60 años después, el país no es muy distinto a la realidad narrada en el libro que, paradójicamente, han calificado como ficción. El poder presidencial se sigue alternando entre dos castas (con fintas de figuras alternativas), que defienden los mismos intereses: separan su suerte personal de la suerte de la nación, les va muy bien mientras al resto del país le va muy mal, sobreponen los grandes negociados sobre un proyecto de nación que saque avante a una Colombia próspera, y predican la moralización del país contra la corrupción de los contrarios, porque la suya es en nombre de la causa.




En estas elecciones a Congreso y presidencia debemos ver claro y estudiar lo que plantean los distintos candidatos. El país necesita una propuesta que no colinde con esa tradición frentenacionalista. No seamos el tipo de ciegos que se complacen en cerrar los ojos.

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